NADA

mujer buscando2Allá donde iba era la admiración de todo el que la miraba; sin embargo, a ella sólo le provocaban una sensación incómoda, como si vigilaran cada paso que daba, como si le robaran con cada lasciva mirada parte de su intimidad y tuviera que darse prisa en su camino para poder conservarla lo más completa posible. Aunque, por fin, todo acabaría… se sumergiría en esa oscuridad que buscó desde siempre y se liberaría de la careta que ocultaba su verdadero rostro al tener que representar el papel que le imponía la sociedad. Por fin, la verdadera oscuridad se convertiría en verdadera libertad…

No paraba de correr, aunque sentía que el corsé le cortaba la respiración provocando que sus piernas se debilitasen cada vez más, sin embargo, sabía que si paraba perdería todo su valor y daría media vuelta. Se remangó aún más las faldas y corrió veloz; por fin llegó al final del camino. Era un camino estrecho, con enormes robles desnudos a cada lado, dándole al lugar un toque lúgubre y claustrofóbico, y al final, la casa, tal y como la había visto en la foto, aunque algo más descuidada.

Acercó la mano a la puerta y llamó tímidamente: nada. Volvió a llamar: silencio. Llamó otra vez, pero con más fuerza. La puerta se abrió de los mismos golpes de sus nudillos… dentro: oscuridad…

-¿Hola? -con un hilo de voz. El silencio era absoluto-. ¡¿Hola?! – volvió a gritar. Sólo le respondió el silencio.

Deambuló por la casa sin saber hacia dónde ir, agarrándose a lo que encontraba sin ver qué la sostenía. Sólo escuchaba sus pasos y su respiración jadeante. Sus ojos se abrían desorbitadamente intentando ver algo sin conseguirlo. La oscuridad era tan negra y el silencio tan callado que producían un miedo irracional.

De repente, escuchó algo. No distinguía qué, pues era muy leve y, a continuación, algo o alguien respiraba junto a su oreja, sintiendo el aliento en su cuello. Quedó paralizada. Sólo fue capaz de expresar su miedo con dos lágrimas que se derramaban por sus mejillas. Abrió la boca para decir algo, pero no salía nada de su garganta, ni siquiera un hálito de vida.

– ¿Eres tú, verdad? -dijo por fin con una voz ahogada por el miedo-. Dámelo, lo necesito – aquella respiración junto a su cuello se tornó rápida y agresiva.

En ese instante, sólo en ese instante, Sara se dio cuenta del peligro al que se enfrentaba. Empezó a temblar. Sus pies se clavaron en el suelo. Aquel aliento era cada vez más rápido. Sus pies no se movían. Sus manos no se movían. Su cuerpo no se movía. Algo rozó su cintura… ¿una mano, quizás? Al sentir ese roce en su talle, el cuerpo de Sara despertó, y corrió hacia la puerta, a través de la oscuridad. Una puerta cada vez más lejana y una oscuridad cada vez más negra.

Cuando logró salir de la casa, un grito ensordecedor de angustia y rabia resonó desde el interior. Aquel alarido provocaba tanta pena y a la vez tanto terror, que Sara salió despavorida de aquel lugar con una sensación de tristeza que inundaba su corazón.

Lejos de aquel lugar, con la espalda pegada a un enorme roble y dejando caer su cabello castaño y ondulado sobre sus hombros, un sentimiento de impotencia y de fracaso la invadió.

– No he sido capaz -pensaba, mientras sus piernas se doblaban y quedaba sentada en el suelo del bosque-, he sido cobarde justo al final. Si no lo tengo en mi poder, todo se derrumbará.

De repente, saliendo de detrás de un árbol, una pequeña luz se movía zigzagueando, provocando una sensación hipnótica en Sara, que clavaba sus ojos verdes en ella y sentía que, aquella luz parpadeante, era la cosa más maravillosa que había visto jamás. Y sentía placidez, sentía sueño, sentía calidez y tranquilidad… Luego, la luz se apagó y, sin saber cómo, Sara se encontró de nuevo frente a aquella casa, que despedía miedo y angustia, pero, sobre todo, despedía oscuridad.

Dentro, se escuchaban aquellos alaridos que helarían la sangre al más valiente. Ahora se daba cuenta de que Él la había atraído de nuevo con aquella luz y que, aunque lo intentara, no podía escapar. Una y otra vez, la haría regresar a aquella casa, hasta que uno de los dos consiguiese lo que ansiaba del otro. Las lágrimas caían sin parar por las mejillas de Sara, ya que sabía que era todo o nada. El miedo, que ocupaba ahora su mente y su cuerpo, la obligaba a apretar junto a su pecho el medallón que colgaba de su cuello. La otra parte del todo, lo que tanto ansiaba Él.

Sin saber cómo, Sara empezó a dar pasos hacia la puerta. Su cuerpo temblaba como las hojas de aquellos robles antes de caer al suelo. Pero no podía parar. Adelante y adelante, hasta que su cara casi daba contra la puerta. En ese instante, los alaridos dejaron de sonar y la puerta se abrió sin que nadie la tocase. En aquella estancia de aire viciado y oscuridad, resonaba esa respiración que Sara conocía tan bien. Era como el último aliento, como el sonido de una expiración. Un paso más y se adentraría en el lugar donde finalizaría todo… Y ese final fue lo que le dio fuerzas para andar, porque, de una forma o de otra, todo acabaría, sí… pues, en cualquier caso, le esperaría la libertad de conseguir lo que tanto buscaba o la libertad de no seguir en un mundo en el que odiaba vivir.

– Dámelo -dijo Él, y su voz era como un sonido metálico que quedaba resonando en el oído.

– No -exhaló Sara, apretando más y más el medallón-. No he venido para dártelo sino para que me devuelvas lo que es mío -y a medida que Sara decía aquella frase, su voz sonaba más fuerte y segura.

Él se acercaba a ella, respirando cada vez más rápido. No se oían pasos, ni crujidos en el suelo de madera, sólo aquella respiración más rápida y más cerca.

Algo… ¿unos dedos, quizás?, rozaron la mano de Sara que no paraba de aferrar fuertemente el medallón. Ella dio un salto hacia atrás y, en ese momento, tropezó en la oscuridad, formando un estruendo de muebles y cristales, y cayendo de espaldas contra el suelo. Unas manos pegajosas y frías intentaban abrirle los dedos para hacerse con el medallón. Sara forcejeaba con todas sus fuerzas y, con la otra mano, intentaba separar de su cuerpo a aquel ser. Una sensación helada y sin vida recorrió su mano. Pegó un grito de asco y miedo, y empujaba cuanto podía, pero no conseguía apartarlo de su cuerpo. Los dedos que aferraban el medallón se debilitaban ante aquellas garras lívidas. En ese momento, Sara recordó el estruendo que provocó al caer. Apartó la mano con la que lo empujaba y, al hacerlo, sintió cerca de su cara aquel aliento entrecortado, provocándole sentimientos de tristeza y terror. Rápidamente buscó en el suelo algo que pareciese un trozo de cristal.

– ¡Vamos, vamos! Debe haber uno aquí cerca, ¡escuché cristales al caer! -se decía a sí misma sin dejar de apretar la otra mano contra su pecho, pero perdía fuerza y Él lo sabía.

Su mano palpaba el suelo, pero no encontraba nada: la pata de un mueble, algo que parecía una silla caída… y, por fin, algo delgado y gélido. Lo palpó por los lados y lanzó un grito al sentir que cortaba su piel. Sin pensarlo, lo agarró con fuerza. Sentía cómo la sangre recorría su muñeca y su antebrazo pero ya no le dolía. Sólo quería apartarlo de su cuerpo. Lo clavó una vez con todas sus fuerzas en su espalda provocando un grito ensordecedor. Consiguió apartarlo y, en ese momento, su medallón comenzó a brillar a la vez que algo que tenía Él.

– ¡Lo encontré! -exclamó Sara dirigiéndose hacia aquella otra luz que emanaba aquel ser que no dejaba de gritar.

Se acercó, y al inclinarse para coger aquello que desprendía esa preciosa luz, en ese resplandor en la total oscuridad, pudo apreciar la silueta de Aquél que vivía en una noche constante y completa. Una sensación horrible recorrió todo su cuerpo al ver su propia cara putrefacta reflejada en aquella criatura. Con la boca muy abierta y los ojos de par en par, no pudo reprimir un grito de pánico, quedando paralizada ante aquella cosa que la reflejaba a ella misma. En es momento, la boca de la criatura hizo una mueca… ¿una sonrisa, quizás? Con una mano quitó el medallón del cuello de Sara y, con la otra, le tapó la boca y la nariz mientras decía:

– No puedes quitar vida de donde no la hay.

Pero Sara no lo escuchó, sólo sentía… NADA.

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