QUIETA

after the earthquakeHacia dónde… hacia dónde ir.

El gris lo cerca todo.

Un sentimiento de asfixia y claustrofobia recorre mi garganta cada vez que observo las enormes planchas de hormigón, todas obedientes y en fila. Y yo, en medio de toda esa masa endurecida y triste.

¿Por qué? ¿Por qué debo permanecer como ruiseñor enjaulado? Peor aún, como rata atrapada en la trampa del queso, feliz durante décimas de segundo por haber encontrado algo que llevarse a la boca.

Hacia dónde… hacia dónde ir.

Y, sobre todo, ¿para qué ir?

Debo comportarme como todos, yendo para no desfallecer, para sentir que hay cosas importantes por acabar, para creer que cada movimiento se ejecuta en libertad.

NADIE es LIBRE si lo que se lleva a cabo es OBLIGACIÓN efectuarlo. La libertad es hacer por hacer, ir por ir, acabar lo empezado por el placer de verlo terminado.

Por lo que… ¿para qué ir?

El camino no tiene sentido si la meta no es la elegida. Desearía andar sin parar, recorrer caminos por el placer de ver qué hay en su horizonte, y, una vez llegado, observado y disfrutado, volver a caminar y vislumbrar nuevos paisajes que visitar.

Hoy, el cielo es gris. Finas gotas caen suavemente sobre los tejados, sobre los árboles y… sobre mi, empapando con lentitud mi vestido gris. Porque, aquí, todo es gris: el cielo, mi jaula, las sombras que pasan junto a mi y… yo. En mi estrecho mundo no existe el color.

No quiero avanzar, permaneceré aquí, en medio de mi mundo oscuro, permitiendo libremente a la fina lluvia mojar mi vestido. Elijo no ir a ninguna parte, sólo estar aquí.

Me miran. Me consideran extraña por no hacer, por permanecer. En sus cabezas no hay cabida para otra cosa diferente a la obediencia. Y, durante unos segundos, ejerzo mi propio derecho a hacer algo sin un objetivo claro. Simplemente sentir el poder de dictar mis movimientos. ¿Hay una dicha mayor? Soy mi propia dueña.

¿Qué rompe el silencio? Precioso… una sensación dulce, de letargo me invade. Por fin, mi vestido gris, el agua, el suelo se tornan de un precioso bermellón.

Y ahora… ¿hacia dónde ir?

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