UN INGLÉS EN GALICIA. Capítulo1

Lady_Godiva-waterhouseEn Cidade Vella, un pequeño pueblo en la costa norte de Galicia, hay una calle en cuesta y, al final, rayando con el acantilado, una casa. Siendo un pueblo de pescadores, este caserón destaca sobre las pequeñas viviendas del pueblo, casas humildes de piedra con un pequeño terreno donde colocar los aparejos de pesca y cultivar hortalizas. Aquél caserón, construido en madera y oscurecido por el abandono, se erguía sobre un cuerpo principal de tres plantas y, a cada lado, un ala de dos. En la puerta del enrejado que la cercaba, un hombre la miraba.

– No es de por aquí, ¿verdad? -un joven que salía de la casa de al lado le sonreía mientras cerraba la cancela para que no saliesen sus perros.

– ¿Disculpe?

– Del pueblo no es, pues no le conozco, pero supongo que tampoco es de la zona.

– No… acabo de llegar en el tren de la mañana… pero… ¿cómo lo sabe?

– Ningún gallego se acercaría ni a dos metros de esa casa. Gracias a Dios que es la última de la calle y, a no ser que quieras tirarte al acantilado, no tienes por qué acercarte -y soltó una carcajada, buscando la complicidad del extranjero.

– Tierra de supersticiones -dijo moviendo el sombrero entre sus manos y con una sonrisa tímida.

– Sí, las meigas y, si me apura, muchas otras cosas más -volvió a reír-. Pero le aseguro que lo de esta casa no es superstición. Perdone… por su acento… ¿es del sur?

– Sí… mi nombre es Raúl -y le tendió la mano.

– Breixo -respondió aceptando su saludo-. Si no es mucho preguntar, ¿qué hace por la otra punta del país?

– Pues… mi… mi familia -un pequeño tartamudeo se escapaba de sus labios cuando se sentía nervioso, obligándolo a mirar hacia abajo, avergonzado- tiene tierras aquí y he venido para verlas, por si hay posibilidad de venderlas.

– ¡Vaya! Si es así, debo conocer su apellido.

– Wo… Woodgate, Raúl Woodgate.

– Pero… -el rostro de Breixo se ensombreció- es familia de los ingleses…

– Su bisnieto, el último, ya que mi prima Laura murió de tifus el año pasado.

– Bueno… bueno… -buscaba una sonrisa pero pareció una mueca forzada-. ¿Qué le parece si le invito a una copa? Ahora me dirigía a la taberna de mi tío que está aquí cerca. Así conoce a la gente del pueblo.

– Verá… estoy cansado del viaje y me gustaría asearme y cambiarme de ropa.

– Claro -y le dirigió una mirada de arriba a abajo, intentando observar cada detalle del forastero-. Bueno, pues si cambia de idea ya sabe donde encontrarme. Sólo hay una taberna en el pueblo, la de mi tío Ezequiel. Pregunte por ella, todos la conocen.

– Gracias por su ofrecimiento -dijo Raúl ofreciendo su mano a modo de despedida.

– Adiós -contestó Breixo, apretándola.

Era una pequeña habitación de hotel, con techos de buhardilla. Los muebles sencillos mostraban una limpieza inmaculada, por lo que Raúl se sentía cómodo en la estancia. Se quitó las botas y se desvistió, quedándose en ropa interior. Se desabrochó la parte de arriba, echó agua fresca en la palangana y se refrescó el torso. Aunque era un hombre alto y delgado, tenía una musculatura definida, casi atlética. El bigote y la barba que perfilaba su mentón le daba un aire de madurez, para ocultar sus recién cumplidos 21 años. Se secó con la toalla de lino que colgaba del mueble y, en ese instante, llamaron a la puerta.

– ¡Un… un momento! -gritó Raúl temeroso de poder ser descubierto de aquella guisa. Se puso su batín y abrió la puerta lo justo para dejar ver su cara. Al otro lado, un hombre de mediana edad, vestido con el uniforme del servicio del hotel lo miraba con suspicacia.

– Señor, una señorita le espera en el salón.

– Pero, debe haber un… un error. No espero a nadie en el pueblo.

– ¿Es usted Raúl Woodgate? -dijo el hombre en un tono un poco elevado.

– Sí…

– Pues le buscan a usted -y, sin permitirle una respuesta, se dio media vuelta, alejándose con movimientos que revelaban una pequeña cojera.

Raúl cerró la puerta, rápidamente sacó del baúl ropa limpia, se vistió, se peinó un poco y se dirigió al salón. Los pasillos del lugar eran estrechos, sin alfombras y con pequeños cuadros de paisajes gallegos como único adorno. Bajó la escalera que desembocaba en el hall y cruzó la puerta que llevaba al salón, donde unas cuantas mesas eran usadas para las distintas comidas de los hospedados. Y, al fondo, justo al lado de las ventanas, otras cuantas de café servían para que los visitantes pudieran tomarse una copa mientras esperaban.

Y sí, en la mesa de la esquina, sosteniendo una taza de café con manos enguantadas en piel, se encontraba una preciosa joven, vestida con ropa elegante a la última moda parisina y con un pequeño sombrero verde que hacía juego con sus ojos. Lo vio parado en la puerta y le sonrió, señalándole la silla vacía para que la ocupase. Se acercó e inclinó la cabeza a modo de saludo.

– Buenas tardes, señor Woodgate -dijo la joven, respondiendo con una suave inclinación sin bajar la mirada.

– Discúlpeme, pero no… no la conozco. ¿Cómo sabe quién soy? -Raúl se sentó frente a la joven, abrumado por su belleza.

– Verá, en realidad no nos conocemos. Mi nombre es Alexandra Abráldez. Me da un poco de vergüenza, pero se ha corrido la voz de que usted se encontraba aquí y…

– Discúlpeme de nuevo, pero nadie, excepto m… mi familia, en el sur, sabe que me alojo aquí.

– Bueno… el pueblo es pequeño y sólo existe este hotel, así que, conociendo su llegada, era el único lugar donde podría hospedarse.

– Ya… Pues aquí me tiene. Diga, pues.

– Viene a ver el caserón del acantilado, ¿verdad? La propiedad de su familia. Por lo que veo, ya ha sido aconsejado para no quedarse allí.

– En realidad, no lo he hecho porque lleva abandonada más de 30 años. Como comprenderá, no está en condiciones para que nadie la habite.

– Me alegra que haya decidido quedarse aquí.

– ¿Pero qué le pasa a este pueblo con esa casa? -dijo Raúl con una sonrisa burlona. – Y… ¿qué quiere usted?

– Pues… verá… quiero ir con usted cuando entre.

– No entiendo su propósito.

– ¿Conoce la parapsicología? -bajando la voz, miraba hacia el grupo sentado en una mesa alejada, como si temiese ser oída.

– La última moda victoriana. ¿También ha llegado a nuestro país? Un montón de crédulos sentados alrededor de una mesa buscan ser escuchados por el más allá.

– Bueno, no exactamente -Alexandra sonrió nerviosa-. ¿Ha leído los periódicos? Hasta en los gallegos hablan de las hermanas Fox. La parapsicología, según he leído, es una ciencia que nos da la oportunidad de contactar con aquellos que están al otro lado y poder, así, comprender mejor nuestra existencia.

– Perdone, pero sigo sin comprender sus intenciones.

– Quiero hacer una sesión de espiritismo en su casa -dijo firmemente

– Pero… ¿por qué en mi casa?

– ¿No conoce su historia? ¿Lo que ocurrió?

– Mi madre me explicó que mis bisabuelos tuvieron una hija y que se suicidó con 17 años, pero nada más. Los “añadidos” pertenecen a las típicas habladurías de pueblo.

– Pues creo que su madre se ha saltado algunos detalles.

– Y supongo que usted o cualquiera de Cidade Vella los conoce -Raúl se estaba cansando de aquella conversación y no pudo reprimir un tono de ironía.

– Se llamaba Irene -respondió Alexandra, haciendo caso omiso del estado del joven-, como ya sabrá y… no era… normal. Mis abuelos me han hablado de ella. Decían que era preciosa.

– Qué quiere decir con que no era normal.

– No hablaba, se llevaba horas balanceándose sentada en el jardín, frente al acantilado, y sus padres no le permitían salir de su casa. Una tarde, en una distracción de su cuidadora, unos chicos lograron abrir la reja y sacarla. La desnudaron, la montaron en un caballo y la pasearon por el pueblo. Fue un escándalo que su bisabuelo consiguió que pagasen caro. Al día siguiente, el cuerpo de Irene se encontró en el fondo del acantilado.

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2 responses to “UN INGLÉS EN GALICIA. Capítulo1

  • Lux

    Intrigadísima me hallo por saber más de esta historia. Me gustan los personajes y me encanta el lugar elegido para desarrollar el relato.

    Berquendel, no tardes mucho en publicar el segundo capítulo! 🙂

    Y, otra cosa… Qué penita me ha dado de esa pobre niña, de Irene! 😦

    • Berquendel

      Prometido, dentro de poco publicaré el segundo capítulo 🙂
      El misterio que suele envolver a Galicia me invitó a contextualizar mi relato en sus tierras. Me gustó la idea de una historia victoriana en nuestro país.
      Y entiendo el sentimiento de tristeza que despierta Irene. A veces, los escritores somos un poco crueles con nuestros personajes por el bien del argumento. Lo sé, no es una excusa, jejeje 😉

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