UN INGLÉS EN GALICIA. Capítulo 2

Retrato de una muchachaAlgo en aquella casa lo atraía. Cuando estaba cerca de ella, sentía emociones que no era capaz de explicar, pero que le obligaban a mirarla. Separó una llave enorme de aquel manojo que contenía más de treinta, dándole un peso considerable, y la metió en la cerradura de la reja.

– ¿No está nervioso? -preguntó Alexandra refugiándose, temblorosa, en su manguito.

– No, pero veo que usted sí -se quitó el abrigo y lo puso sobre los hombros de la joven-. Hoy e… es un día frío -y carraspeó.

– Gracias -dirigió una mirada coqueta a Raúl.

Sonrojado, abrió la puerta y cruzaron el jardín. Se encontraba en muy mal estado a causa del abandono, con malas hierbas muy crecidas y hojas caídas por doquier. Raúl miró hacia el acantilado, acercándose, muy despacio, sin llegar al borde.

– ¿Qué pasa? -Alexandra lo siguió.

– Es curioso… El jardín está plagado de malas hierbas excepto aquí -dijo señalando un círculo casi perfecto, como si hubiesen cortado el césped en aquel pequeño trozo esa misma mañana.

– Según me contaron, esta es la zona del jardín en la que Irene se sentaba durante horas.

– Ya. Entremos.

– Es un escéptico, ¿verdad?

– ¿Cómo dice?

– Uno de esos que no dan una oportunidad a nada, que piensan que todo está descubierto y que no se pueden sorprender.

– He accedido a que venga conmigo porque ha sido muy insistente y… persuasiva -bajó la mirada, sonrojándose de nuevo, no pudiendo sostener la de aquellos bellos ojos verdes -. Pienso que el que yo crea lo mismo que usted o no, no estaba dentro del trato.

– Tiene razón. Discúlpeme. A veces no mido mis palabras ni sus consecuencias. Ha sido muy amable permitiéndome que venga aquí con usted.

– No se disculpe, no tiene importancia. Vamos a entrar en la casa.

Se dirigieron a la escalinata de la puerta principal y subieron los siete peldaños. La puerta había perdido todo su brillo por el azote constante del aire marino, pero el rico labrado con formas de barcos, peces y gaviotas la envolvía en una hermosura sin igual.

– ¡Es increíble! -exclamó Alexandra acariciando las tallas-. Toda una vida mirándola y nunca he podido apreciar toda su belleza.

– Mi bisabuelo contrató a un carpintero de Villanueva de los Infantes, famoso por sus puertas talladas. Espero que revalorice su precio y pueda conseguir una buena cantidad por esta casa. Si no, siempre puedo venderla aparte -sonrió a la joven, pero ella no se la devolvió.

– ¿Por qué quiere venderla?

– Pues… es obvio… Toda mi familia vive ahora en el sur, por lo que esta propiedad, que no podemos mantener, tampoco podemos disfrutarla. Así que, ¿para qué conservarla?

– Es que creo que esta casa no debería habitarla nadie.

– ¿Entramos o seguimos discutiendo qué debo hacer con mi casa? -sonrió, para no violentarla al sugerir que aquello no era de su incumbencia. Cuando asintió, buscó otra llave, dorada, con una W adornando su cabeza-. Creo que era ésta.

La giró en la cerradura y tuvo que empujar con fuerza, pues las bisagras oxidadas junto con el peso dificultaban bastante su apertura. Una estancia circular, de unas dimensiones admirables, se mostraba sombría ante los ojos de los recién llegados. Frente a la puerta, una escalera con ambos pasamanos de bronce presididos por dos gaviotas en el mismo material, iniciando el vuelo con un pescado en sus picos. Alexandra corrió las cortinas de terciopelo azul y la luz dio vida a las vidrieras, en las que se mostraban a pescadores faenando en sus barcos en días soleados, de tormenta, vendiendo el pescado en las lonjas… Cada ventana era una obra de arte en sí misma. Raúl miró hacia el techo y quedó sin habla. Era la bóveda que coronaba aquel caserón. Tres pisos rodeados por galerías y con barandas también en bronce, coronadas por el fresco de la bóveda en la que se mostraba un barco navegando en el amanecer, rodeado de peces que saltaban a las redes sin que los pescadores tuvieran que hacer ningún esfuerzo. Volvió a dirigir la mirada hacia el tercer piso y, en la esquina, con las manos apoyadas en la baranda, una mujer fijaba sus ojos en él, dio un paso hacia atrás y se perdió en las sombras.

– ¡Eh! ¡Oiga! ¡Qué hace aquí! -gritó Raúl corriendo por las escaleras y seguido por Alexandra con las faldas levantadas, sin saber muy bien qué pasaba.

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4 responses to “UN INGLÉS EN GALICIA. Capítulo 2

  • Lux

    Estoy totalmente enganchada a esta historia!! Impresionante la descripcion de la mansion… tenia la sensacion de estar dentro con ellos jeje. Me muero de ganas de saber si la mujer del final del relato es real o un ente que habita en la casa. Me encanta! 🙂

    • Berquendel

      ¡Gracias, Lux! La mansión es parte importantísima de la historia, así que creí que debía dedicarle una descripción detallada. Sobre la mujer… jejeje, en el próximo capítulo destaparé algo más 😉 ¡Me alegra muchísimo que te guste la historia! 🙂

  • Ivan Entusiasmado (@Entusiasmadocom)

    Una historia muy interesante. Espero la continuación.

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