HERO. Capítulo 1

 

the-new-governess-edmund-blair-leightonEran las cuatro de la madrugada del domingo, pero no estaba cansada. Constantemente, tenía que limpiar con la mano los cristales para poder mirar las calles de la ciudad. Sí, allí estaba. El cochero giró la esquina y en un letrero pudo leer: Baker Street. Una emoción infantil inundó su cuerpo, pues por fin sentía que se encontraba en su Londres soñado.

A veces, la vida es irónica y juega contigo para, luego, darte un respiro, haciéndote disfrutar de situaciones que, a priori, no serían agradables –reflexionaba mientras se encandilaba con aquella visión en movimiento.

La habitación del hotel era minúscula. La puerta del baño golpeaba contra la cama cuando se abría, pero nada de eso importaba. Era un placer mirar por la ventana y ver todos aquellos techos con sus chimeneas ennegrecidas, tal y como aparecían en esas fotos que no se cansaba de ver. El corazón le latía muy deprisa, deseando que amaneciera para poder recorrer las calles de aquella ciudad.

Después de desayunar, subió a su habitación, se aseó, se colocó su abrigo y el gorro de lana blanca comprado para la ocasión. Dejó mechones castaños sueltos estratégicamente y que un poco de flequillo le ladeara la frente. Se miró al espejo ilusionada, nerviosa de cumplir al fin un sueño. Cogió el manguito y salió de aquel hotel de segunda. Tenía muchos días por delante para visitar museos. Lo que realmente le apetecía era mimetizarse con el resto, sentirse una londinense más. Compró el periódico The Times y se dirigió a una cafetería. Se decidió por ella al ver su nombre: Hero.

Tú serás mi héroe –pensó con una sonrisa burlona.

Pidió un café con leche y se sentó junto al ventanal, mirando hacia la puerta. Desplegó el enorme periódico, dio un sorbo al café y miró hacia la calle. Un chico rubio muy alto, transeúntes paseando a sus perros, anónimos dirigiéndose velozmente a algún sitio y… ¿otra vez el chico rubio muy alto? Con la espalda descansando en la pared del establecimiento, en la acera de enfrente, la miraba.

¿Me mira a mi? No –se preguntaba y negaba a la vez con la cabeza–. Observa la cafetería, nada más.

Otro sorbo al café y mirada sin ver el periódico. No pudo evitar buscarlo de reojo a través de aquel ventanal, pero ya no estaba.

¿Ves? Se ha ido. ¿Por qué me iba a mirar a mi? ¡Qué tontería! –se dijo a sí misma dando uno y otro sorbo a su bebida.

Y, mientras bebía, se abría la puerta. Un chico rubio, muy alto, la atravesaba mirándola y dirigiéndose hacia su mesa.

–Buenos días. Me llamo James –se quitó el guante de lana gris y le tendió la mano.

–Buenos días… Yo soy Sophie –respondió, tímidamente, en un perfecto inglés, apretando su mano con suavidad.

James se quitó el abrigo levita y lo dejó en la silla. Se sentó frente a Sophie.

–¿La ha traído? –preguntó nervioso– Dese prisa.

–¿Que si la he traído? ¿El qué? Perdone, pero no le comprendo.

–Es la primera vez que está aquí, ¿verdad?

–Sí –contestó.

–¿Ha venido sola?

–Pues… sí, pero no entiendo…

–Cruzaremos el puente de Waterloo y pasearemos bordeando el Támesis hasta llegar a un restaurante. Allí tomaremos el almuerzo. Vamos.

Sin preguntarle, se puso su abrigo, cogió el de la muchacha y lo colocó en sus hombros. Sin dejar de agarrar su cintura, se dirigió a la barra, pagó el café y salieron de la cafetería.

–Rápido, no podemos perder el tiempo

 

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