HERO. Capítulo 3. Desenlace.

 

John-Atkinson-Grimshaw-Reflections-on-the-Thames-WestminsterCuantos más detalles de su vida explicaba, más desconcertada se encontraba. ¿Quién era él? ¿Por qué conocía la historia de su vida? ¿Quién la perseguía? ¿Qué objeto buscaba? Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

–Tranquilícese, conozco todos estos detalles de usted porque mi padre y el suyo eran compañeros y amigos. Aunque su padre volvió a París, nunca perdieron el contacto. Se escribían dos o tres cartas al mes, para poner al corriente al otro de las novedades de sus vidas. Mi padre se llamaba…

–Paul Cohen –dijo rápidamente sin permitirle acabar la frase–. Mi padre siempre me hablaba de él. Cada vez que llegaba una carta suya, me la leía, dándome detalles y explicaciones sobre alguna anécdota a la que se hacía referencia. Entonces… usted es el pequeño James –exclamó con una leve sonrisa.

–Así es. Cuando mi padre murió el año pasado, su padre siguió manteniendo su correspondencia conmigo. Al cabo de unos meses, me escribió muy preocupado, conociendo su viaje a Londres. Me notificó día y hora de su llegada, y me suplicó que no la perdiera de vista, ya que sabía que él también estaba enterado de su estancia en esta ciudad.

–Y ese hombre al que se refiere constantemente y del que, supuestamente, me ha salvado, ¿quién es?

–¿Nunca se ha preguntado por qué le pagaba el señor Courtois un sueldo tan espléndido como institutriz? Ninguna otra joven en ese mismo puesto podría haberse permitido este viaje en tan poco tiempo.

–Siempre he considerado que mi trabajo se valoraba justamente –respondió Sophie con cierta molestia.

–Esa persona que la busca, no sé cómo, descubrió que trabaja para los señores Courtois y les hacía llegar un dinero para complementar su sueldo. El acuerdo al que llegaron para conseguir que le llegase ese aumento todos los meses, lo desconozco. Sin embargo, conocía su anhelo para viajar aquí, sabiendo que portaría lo que quiere con usted, por lo que no dudó en hacer lo imposible para que su deseo se cumpliese y poder tenerla cerca.

–No entiendo qué puede desear de mi para llegar a planear algo así.

–Ahora acabe el almuerzo. No es prudente seguir hablando aquí. Nos dirigiremos a su hotel y seguiremos hablando.

–Pero necesito que me explique…

–Por favor, no insista. Está entrando mucha gente en el restaurante. No sabemos quién puede escucharnos.

Sophie obedeció y siguieron comiendo en silencio. Cuando acabaron, James pagó el servicio y salieron cogidos del brazo. Una vez fuera, el muchacho hizo señas a un cochero para que se parara. Ayudó a subir a la joven y se sentó a su lado.

–Al 104 de Baker Street. ¡Rápido! –apremió.

El cochero fustigó a los caballos y corrieron a toda velocidad. En el coche, ambos miraban por las ventanas, sin decir una palabra. Sophie intentaba asimilar toda la información, pero aún faltaban muchas piezas por encajar en el puzzle, por lo que no podía tener una visión general de lo que estaba ocurriendo. Por fin, llegaron al hotel. Subieron a la pequeña habitación y Sophie ofreció una silla al joven. Ella se sentó en el alfeizar interior de la ventana, frente a él.

–Y ahora, por favor, explíqueme todo. Necesito saber qué está pasando con todo lujo de detalles.

–Su padre, cuando trabajó aquí con el mío en la mina de carbón, consiguieron encontrar una pequeña veta de oro. No dijeron nada a nadie, esperando el momento para poder extraer el oro sin ser vistos. Poco después, se desplomó una parte de la mina y tuvo que ser cerrada, dejando a nuestros padres en la calle. Intentaron volver, pero no tenían las herramientas necesarias para poder llegar a la veta. Al final desistieron, mi padre encontró un nuevo trabajo y el suyo volvió a París. Años más tarde se edificó cerca de la mina, dejando cerrada para siempre la entrada.

–¿Y qué tiene que ver todo eso conmigo?

–Sea paciente, aún no he acabado. Nuestros padres se hicieron fotografías cerca de la entrada de la mina, pero esas fotografías se las llevó su padre a París. Al parecer, otra persona descubrió el hallazgo del oro y quiere esas fotografías para poder encontrar la entrada y extraerlo. Su padre sabe que usted tiene todas las fotografías de su época como minero en Londres, y estaba seguro que querrían quitárselas para poder conseguirlo.

Sophie se levantó y sacó de su maleta un pequeño álbum que recogía todas las fotografías en blanco y negro.

–No sé cuántas veces he visto estas fotografías desde que era niña. Mi padre me las regaló porque sabía que adoraba verlas, ya que muchas retratan la ciudad. Conocía la historia del oro, pero no que alguien las quería para volver a buscarlo. ¿Por qué no me lo contó?

–No lo sé. Supongo que pensaría que no le creería y que vendría de todas formas.

–Pero… eso no es posible. Mi padre sabe que jamás le desobedecería.

Sophie abrió el álbum y buscó las fotografías hechas en la entrada de la mina. Se acercó a la ventana para tener más luz, dándole la espalda a James.

Un segundo después, un grito callado salió de su boca taponada por la mano de su acompañante. En su espalda, la sangre afloraba sin parar cuando él sacó el cuchillo que la atravesaba. La dejó suavemente en la cama. Se limpió las manos en las sábanas, cogió el álbum y salió sin premura del hotel.

Por la ventana, la luz poco a poco se apagaba, sumiendo el cuerpo de Sophie en una oscuridad completa.

 

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