HERO. Capítulo 2

BiondinaPor favor, suélteme, creo que se equivoca –respondió Sophie a la vez que mil hormigas recorrían sin parar el pequeño camino que separaba su garganta del estómago. Iba tan deprisa que sentía cómo el corsé se le clavaba en las costillas.

–Es Sophie Boissieu, de París, ¿no es cierto?

–Sí… pero… ¿cómo conoce mi apellido?

–Todo a su tiempo –respondió James sin dejar de mirar hacia delante.

Cruzaron el puente y continuaron su camino por el paseo del río. Sophie miraba hacia todos lados, sin comprender nada de lo que ocurría y sin poder parar aquellos acontecimientos que se precipitaban sobre ella.

A medida que avanzaban, el frío era más y más intenso, obligándola a refugiarse en su abrigo sin poder dejar de tiritar.

–Aquí es –dijo James señalando con un gesto de cabeza un restaurante.

El local estaba caldeado, lo que resultó ser un placer indescriptible para Sophie. Sin mediar palabra, el joven la cogió del brazo y se dirigieron hacia una mesa apartada, en una esquina sin ventanas cerca.

–¿Me va a contar de una vez qué ocurre y por qué conoce mi nombre?

–Primero, le recomiendo que pida el vino especiado. Se sirve caliente y es muy gratificante en un día como hoy. Y, si me permite, el salmón marinado está exquisito.

Sophie lo miraba perpleja ante aquel cambio de actitud. Primero frío y rudo, luego amable y cordial. Cada vez estaba más perdida ante aquella situación surrealista.

El camarero se acercó a la mesa y Sophie hizo caso a la sugerencia de su acompañante. Poco después, el mismo camarero sirvió el vino caliente. El olor a especias con tintes de canela, unido al calor reconfortante, consiguió calmar el ánimo de la joven.

–¿Y bien? –volvió a insistir.

–Un momento –respondió James–. Cuando terminen de servir los platos.

De nuevo, el camarero se acercó a la mesa portando una bandeja enorme. Colocó frente a los comensales ambos platos de salmón marinado acompañado de unas patatas al horno, volvió a llenar los vasos de vino humeante y se alejó.

–Seguramente usted no se haya percatado de que la han estado siguiendo desde que llegó esta madrugada a Londres.

–¿Quién me sigue y por qué? Además, ¿ cómo sabe cuándo llegué?

–Sé muchas cosas de usted. Bueno, sé… lo necesario…

–¿Y a qué le llama usted saber “lo necesario”? –preguntó sin dejar de mirarle fijamente.

–Verá: usted tiene algo que otra persona está buscando. Cuando la seguí hasta el café, observé cómo él también la seguía y que, además, intentaba actuar en ese momento. Por eso no me importó que me descubriera mirándola desde la calle, por eso entré en el café y la saqué de allí. Si la hubiera dejado, él habría conseguido su objetivo.

–Pero, ¿qué busca? Yo no tengo nada de valor. Soy institutriz en París y me he gastado todos mis ahorros en este viaje.

–No busca dinero. Busca un objeto, pero me di cuenta que no lo llevaba consigo. Seguramente lo habrá dejado en el hotel, ya que me consta que lo ha traído usted a Londres.

–Por favor, apiádese de mis nervios y sea más claro. No entiendo qué dice. Conmigo sólo he traído mi equipaje. Poco más. Ni joyas, ni objetos valiosos.

–Conozco todos los detalles de su partida, señorita Beissieu, para quién trabaja en París, y los miembros de su familia. Sé que su padre vivió muchos años en Londres, y que por eso siente usted predilección por esta ciudad. Sé que le contaba historias sobre su estancia aquí, las cuales provocaron su interés y curiosidad que desembocaron en este viaje.

 

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