GRITOS DE PLENILUNIO. Capítulo 3

Psyche abriendo la puerta del Jardín de Cupido– ¡Destierro! ¡Destierro! -gritaba Breena señalando con el índice a las hadas intrusas- ¡¿Cómo osáis entrar en el Templo?! ¡No sois dignas de pisar este suelo! ¡No sois dignas de tocar El Libro Sagrado! ¡Destierro!

Los gritos alertaron a otras Hadas Mayores, formándose en la entrada una masa de caras de asombro, desconcierto y desaprobación. Junto al atril, Shea y Tannia calladas, comprendiendo que aquella injuria les traería unas consecuencias nefastas. De repente, casi sin darse cuenta, Shea rompió su silencio.

– ¿Nosotras? ¿Cómo osáis, Hadas Mayores, cuidadoras de nuestra historia y de nuestro pueblo, mentir año tras año, siglo tras siglo? -Tannia cogía del brazo a Shea para hacerla callar, pero el hada se soltó con un ademán de hastío, indicando a su hermana que era hora de hablar. Comenzó a andar hacia el grupo, provocando expectación a sus palabras-. ¿Por qué no habéis informado de que la Banshee se alimenta de estirpes? ¿¡Por qué nos habéis hecho creer que el azar dicta sus pasos!?

Maeve, el hada más vieja de entre las cuidadoras del Grimorio, se acercó a Shea. Su hermosura no tenía igual. De noble estirpe, su familia había cuidado del Grimorio desde que los elfos le dieron forma.

– Si teníais dudas, ¿por qué no vinisteis a mi? ¿Por qué realizar este acto impuro? -preguntó Maeve transmitiendo un aire apacible y, con cada paso, la luz que iluminaba el lugar hacía brillar su cabello rubio y ondulado recogido sobre la nuca, dándole un aura majestuoso, casi divino.

– Necesitábamos la verdad, y el Grimorio nos la mostraría -respondió Shea con un hilo de voz, impresionada por la presencia de aquel hada.

– ¡No eres digna de nombrarlo! ¡Destierro! -gritó Breena con vehemencia. Maeve, con un gesto, sin mirarla, le mandó callar.

– Mi señora -se atrevió a decir Tannia, sin apenas levantar la mirada- sé que nuestra acción es imperdonable, y conocemos el castigo que se aplica a una profanación así, pero -y en ese instante sus palabras sonaron con fuerza y su mirada se clavó en sus oyentes- somos las últimas de nuestra estirpe. Ya no nacen hadas de los Lirios. El miedo de perderlas constantemente ha provocado que se tornen estériles. Si Shea y yo somos engullidas por la Banshee, desapareceremos, nuestro poder desaparecerá con nosotras. Seremos más letras que guardar en este Templo. Lo que queremos son respuestas que nos ayuden a sobrevivir y… ¿por qué?…¿por qué nos han ocultado todo esto? -las lágrimas brotaron sin parar de sus ojos verdes, provocando una sensación de ternura a sus oyentes.

– Venid conmigo -ordenó Maeve, dirigiéndose a un lateral de la estancia donde se encontraba una pequeña puerta de alabastro rosado. Tras la puerta, un bellísimo jardín con todas las variedades de flores que crecían en El Bosque Iluminado, al que se conocía con el nombre de Tonscnaimh, el jardín en el que nacen las hadas, el origen de la vida del bosque-. ¿Es hermoso, verdad?

– Si -respondieron al unísono las hermanas.

– Sentaos conmigo -dijo Maeve señalando un banco de mármol blanco, tan reluciente que, si Shea y Tannia no supieran de su existencia, creerían que acababan de darle forma y de colocarlo en aquel maravilloso lugar.

– No entráis en Tonscnaimh desde el nacimiento de Suzette y Rhoswen, ¿me equivoco? Podéis observar que nada ha cambiado en estos años, sigue siendo el mismo jardín hermoso que siempre fue -y su tono era de orgullo, como si de un hijo se tratara.

– ¿Por qué estamos aquí? -se atrevió a preguntar Shea.

– Creí que la hermosura de este lugar apaciguaría el horror que os voy a contar. Además, el Templo sólo debe recoger las palabras del Grimorio, nada más.

– Y… ¿cuál es ese horror?

– Mi dulce Tannia, tuve el privilegio de presenciar tu nacimiento al alba -de repente su semblante se tornó serio y triste-, y ese día no era consciente de la oscuridad que se cernía sobre ti y tus hermanas.

– ¿Qué oscuridad? -apremió Shea, retirando cabellos castaños de su preciosa cara con los dedos.

– Lo que recoge el Grimorio es cierto. Anjana descubrió la verdad desobedeciendo la orden de permanecer sola en casa las Noches de la Banshee. Para explicarlo correctamente, debo remontarme a la pérdida de mi hermana Eolande… al nacimiento de la Banshee -al decir hermana, Tannia y Shea miraron boquiabiertas a Maeve-. Ocurrió un poco antes de vuestro nacimiento, por eso no sabíais que Eolande perteneció a Aésidhe. Y yo procuré por todos los medios ocultarlo. Sólo conocen su verdadera procedencia los integrantes del Concilio Sumo y las que la conocieron cuando aún era un hada, aunque viven muy pocas, perteneciendo a la congregación de las Hadas Mayores -Maeve se giró aún más hacia sus oyentes-. Antes de seguir, prometedme que no sembraréis el caos en el pueblo, que sólo vosotras sabréis lo que aquí os descubra -y su mirada intentaba escudriñar más allá de la expresión de asentimiento de las hadas, como si pudiera ver verdad o no en aquel gesto.

– Lo prometemos, mi señora -dijo Tannia solemnemente.

– Si hay que hacer algo, lo haremos nosotras. No involucraremos a nadie del pueblo -afirmó Shea.

– Bien -exhaló Maeve-. Sabed que lo que se acordó fue buscando nuestro bien, nuestra supervivencia. No juzguéis a la ligera.

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